Llevados por la
intuición elegimos el camino al sur dejando a un lado Clermont Ferrant en
dirección al viaducto Millau por la ruta del sol, monumental obra de ingeniería
donde un puente de más de 300 metros de altura salva el valle, que se había
convertido en el cuello de botella de los veraneantes que buscan todos los años
la costa española. La ruta nos llevó a Montpellier, capital de la región de
Languedoc-Rosellón y octava ciudad de Francia.
Es desde tiempos inmemoriales un importante
centro comercial y eje de comunicaciones del sur. Vio pasar muchas corrientes
migratorias, perteneciendo primero a la corona de Aragón y luego al reino de
Mallorca. Por sus calles pasa la vía más importante del Camino Francés del
Camino de Santiago y entre las angostas callecitas de la ciudad antigua se
encuentra la Iglesia consagrada a San Roch, parada de los peregrinos dedicada
al santo peregrino que nació en esta ciudad en 1295 y se le conoce por haber
viajado a Italia para cuidar a los enfermos de la peste.
En su magnífica
plaza reúne cafés y restaurantes de cálido ambiente, la Opera Nacional de
Montpellier, jardines, espacios de artistas y artesanos, así como las paradas
de un moderno tren de ciudad que en pocos minutos recorre los barrios y
localidades cercanas.
Más tarde,
mientras hacíamos un nuevo alto en el camino en una tienda de quesos y vinos
con mostradores abiertos a la degustación, sobre la calle que marca el Camino
Francés, la amable charla con un comerciante nos orientó hacia Nimes y Avignon
y hacia allí fuimos.
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